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El racismo y yo – #ConcretaMente

El racismo y yo

Di Nadia Ayvar Iparraguirre*

 

El primer recuerdo que tengo de aprender que lo negro no era bueno fue cuando de pequeña una niña de mi colegio me dijo ‘negra’, yo tendría entre 5 o 6 años y para entonces aún no éramos amigas, por el contrario, estábamos en medio de una rivalidad. Por aquella misma época mi tía le decía a mi madre ‘negra’ y se sentía bien, se sentía el cariño de mi tía; pero por algún motivo el ‘negra’ de mi compañerita no era lo mismo, tenía una carga negativa, parecía que usando esa palabra ella quería herirme. Paralelamente, mientras crecía veía dibujos donde no había mujeres de piel oscura, las muñecas tampoco lo eran y en la publicidad las modelos nunca eran negras. Por aquella época en mi país no era tan extraño escuchar ‘bromas’ sobre gente negra, o personajes de mofa estereotipando y denigrando a las personas negras.

Por aquella misma época mi tía le decía a mi madre ‘negra’ y se sentía bien, se sentía el cariño de mi tía; pero por algún motivo el ‘negra’ de mi compañerita no era lo mismo, tenía una carga negativa, parecía que usando esa palabra ella quería herirme.

Años después, ya dejando mi infancia atrás recuerdo haber sido más consciente de la diferente valoración implícita (y a veces explícita) en algunas expresiones en mi sociedad. Por ejemplo, recuerdo haber escuchado muchas veces comentarios como ‘es bien bonita, es blanquita, su cabello clarito’, por un lado; y por otro ‘es una chica morena, pero bonita, toda finita’. Me preguntaba si eran lo mismo y entendí que no. El primer comentario explica por qué esa persona es bonita (porque es blanca y de cabello claro); el segundo comentario tiene un componente trascendental: el pero. Este contrasta dos características aparentemente opuestas, ser morena y ser bonita; entonces esa persona a pesar de ser morena, es bonita. Recuerdo también una expresión referida a vincularse con personas de tez y cabello claro que se quedó grabada en mi cabeza: ‘para mejorar la raza’. Lo escuché cuando mi ex enamorado me contaba lo que su hermano había dicho en una conversación en familia. No se me quedó grabada la anécdota, se me quedó grabada la expresión que usó su hermano. Para entonces yo ya estaba en la universidad y era muy claro para mí que quien perdía mucho era él, pero esa claridad no impidió que sea doloroso. Hacía evidente una sociedad abiertamente racista, y además hacía patente que ese racismo estaba ahí, tan cerca, justo ahí donde esperas aprobación, en la familia de tu pareja.

Hacía evidente una sociedad abiertamente racista, y además hacía patente que ese racismo estaba ahí, tan cerca, justo ahí donde esperas aprobación, en la familia de tu pareja.

Fiesta_650No recuerdo haber hablado con alguien de las diferencias físicas ni del racismo durante mi infancia y haberlo hecho poco posteriormente. Por el contrario, las experiencias que he vivido las he digerido principalmente sola. El racismo es un tema incómodo del que hablar, especialmente en una sociedad racista como la mía. Nadie quiere reconocerse como racista, es políticamente incorrecto así que a veces señalamos a otros, pero nos rehusamos a ver en nosotros mismos y en nuestra propia familia. Tal vez esto sería más sencillo si reflexionásemos (primero con nosotros y después con otros) sobre qué significa ser una persona negra/asiática/andina/blanca/etc más allá de ser personas, o si el color de piel tiene que ver con costumbres, comportamientos y demás, o si cuestionásemos por qué existen ‘chistes’, expresiones y valoraciones diferentes sobre las personas en base a su color de piel, o incluso si tiene sentido el concepto de razas actualmente.

Hoy, siendo adulta, miro un poco más este tema. La sociedad ya no es la misma, las niñas de hoy tienen muñecas y personajes en los dibujos con diversidad de color de piel, hay héroes y superhéroes de multiplicidad de tonos de piel, la publicidad tiene más diversidad que antes, los comentarios abiertamente racistas son menos frecuentes; pero el racismo está muy lejos de haber desaparecido. Es menos explícito, pero ahí está, un poco más asolapado en lo que dice la gente cuando está envuelta en furia, detrás de las elecciones que hacemos, detrás de lo que anhelamos, detrás de aquello que damos por sentado, detrás de nuestros modelos, detrás de comentarios ‘en buena onda’. No es que en Perú las personas seamos malas y queramos hacer daño, mucho de esto lo hacemos de forma automática, sin ser conscientes. Y es justamente ahí, reflexionando y trayendo a la consciencia nuestro accionar inconsciente donde hay tierra fértil para generar cambios futuros.

‘Soy un racista que quiere dejar de ser racista’

‘Soy un racista que quiere dejar de ser racista’, así se definía un amigo mío, me uno a esa definición. Suena horrible y quisiera poder decir que no lo soy, pero el cambio pasa por mirar la realidad, aceptarla y hacerle frente, por dura que sea. Por reconocernos como parte del problema; si nos quedamos pensando en que el problema está en otros no podremos hacer mucho, somos nosotros mismos el primer ámbito de acción sobre el cual podemos trabajar. Toca tomar el trago amargo de hablar de algo incómodo, de reconocernos como infractores del bienestar, de escuchar lo que decimos, de prestar mucha atención a lo que enseñamos no solo con las palabras, sino con el ejemplo y de estar dispuestos a reaparender y contribuir a una sociedad más equitativa que valore a las personas por su condición de personas, y no por sus características físicas.

 


 


 

Nadia Ayvar Iparraguirre*

Nadia Ayvar Iparraguirre – #ConcretaMente – www.segniconcreti.org

Nadia Ayvar, nacida en Perú el 4 de mayo de 1985. Licenciada en Comunicaciones y Magister en Liderazgo. Consultora en comunicación interna y cultura. Ama leer en el parque, las conversaciones de café y las caminatas en buena compañía. Escribe para compartir un poco de sí con el mundo, con la esperanza de contribuir con cambios sociales y personas felices. 

 

 

 

 

 

 

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