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Las inflexiones del amor y el desamor: sus correlatos neurobiológicos – #ConcretaMente

Las inflexiones del amor y el desamor: sus correlatos neurobiológicos


De Marucela Juana Uscamayta Ayvar

 

“que levante la mano quien no sufrió por amor”

Como diría un tema musical popular en Perú, “que levante la mano quien no sufrió por amor”, o la famosa cantante Amy Winehouse “el amor es un juego perdido, más de lo que pude soportar” y como diría cualquier persona con muchos años de experiencia viviendo en este mundo y que en algún momento se arriesgó a amar “no has vivido si no amaste y sufriste por amor”. Todos en algún momento de nuestras vidas hemos experimentado el desamor, la traición, o el rechazo de alguien más; no conozco a nadie, hasta este momento, quien haya tenido estas experiencias, que haya salido fácilmente y rápido de esta ola de emociones y sentimientos tan intensamente dolorosos.

el amor romántico no es solo una adicción muy fuerte, sino un deseo universal

Según la Antropóloga Helen Fisher de la Universidad de Rutgers en EE.UU., el amor romántico no es solo una adicción muy fuerte, sino un deseo universal. Casi el 100 por ciento de todos los humanos han experimentado el amor romántico en algún momento, lo cual no se aplica necesariamente a otras adicciones, como el abuso de sustancias, el alcoholismo o la ludopatía. El amor romántico, en su máxima expresión, es una maravillosa adicción, no obstante, en el peor de los casos, conduce a la ansiedad, la depresión, al suicidio e incluso al asesinato. Estudios de escaneo cerebral, usando resonancia magnética funcional, muestran activación cerebral en las mismas regiones tanto cuando una persona está enamorada, como cuando es adicta a alguna droga, estas regiones incluyen el área tegmental ventral (VTA por sus siglas en inglés), que proyecta conexiones neuronales hacia otras áreas implicadas en el proceso, como el núcleo accumbens, el cuerpo estriado, la corteza cingulada anterior, el hipocampo, la amígdala y la corteza prefrontal. La dopamina es el neurotransmisor que media en la comunicación entre el VTA y el resto de las áreas. Las personas enamoradas también muestran actividad en el núcleo caudado, una antigua región del cerebro que ayuda a integrar nuestros pensamientos y sentimientos.

Nuestra conducta está determinada esencialmente por las estructuras corticales y el sistema límbico; las primeras nos empujan hacia comportamientos más racionales, mientras que la segunda lo hace hacia los más instintivos, los de sobrevivencia

Nuestra conducta está determinada esencialmente por las estructuras corticales y el sistema límbico; las primeras nos empujan hacia comportamientos más racionales, mientras que la segunda lo hace hacia los más instintivos, los de sobrevivencia (comer, reproducirnos, etc.). Al realizarse esas conductas, se segrega en el cerebro especialmente dopamina que provoca la sensación de placer, gracias a lo cual dirigimos nuestra conducta hacia la consecución del placer. Por lo tanto, la dopamina es la clave. Este neurotransmisor es el componente central del sistema de recompensa del cerebro.

 

Circuito de RecompensaGracias a este mecanismo, nuestro cerebro busca recompensas: el orgasmo, el chocolate, un buen vino, escuchar música, jugar, bailar, y hasta recibir likes en el Facebook, etc. Se activan señales neuronales que convergen en ese pequeño grupo de áreas cerebrales interconectadas: el núcleo accumbens, el VTA, la corteza prefrontal; este pequeño grupo de neuronas conforman la vía mesolímbica o circuito de recompensa, y es donde los humanos experimentamos en primera instancia el placer. Este mecanismo determina en muchas maneras nuestra conducta; para poder sobrevivir y reproducirnos, debemos sentir alguna recompensa al realizar actividades básicas como comer, beber o copular. Como dice Rafael Maldonado, Neurobiólogo, Neurocientífico del comportamiento de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, “El placer es un motivador esencial para el aprendizaje de determinados comportamientos esenciales para la supervivencia”.

Lo mismo ocurre con los animales. Se han llevado a cabo experimentos con ratas para saber más sobre ese circuito de recompensa. Los roedores son capaces de atravesar un espacio recubierto con alambres que les dan descargas eléctricas con tal de llegar hasta una palanca y suministrarse altas dosis de placer. De acuerdo con David Linden, Neurocientífico de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, el ser humano comparte con el resto de los mamíferos estos circuitos consagrados al hedonismo. No obstante, somos algo más complejos, puesto que en nuestro caso se entremezclan con otras regiones cerebrales implicadas en la toma de decisiones, la planificación, las emociones, la memoria. Y justamente lo que otorga tanta fuerza al circuito de recompensa de nuestro cerebro, es el hecho de que mediante la interconexión de este circuito con otras áreas del cerebro sumamos a lo placentero, recuerdos, asociaciones, emociones, significado social.

En este tipo de aprendizaje Pavloviano, las repetidas experiencias de recompensa son asociadas con los estímulos ambientales que las preceden y rodean

Es así, que cuando hablamos específicamente del consumo de drogas dopaminérgicas, estas activan el circuito de recompensa causando un fuerte aumento en la liberación de dopamina. A nivel del receptor, estos aumentos provocan una señal de recompensa que desencadena el aprendizaje asociativo o condicionamiento. En este tipo de aprendizaje Pavloviano, las repetidas experiencias de recompensa son asociadas con los estímulos ambientales que las preceden y rodean. Con la exposición repetida a la misma recompensa, las células no solo disparan dopamina en respuesta a la propia recompensa, sino también, disparan una respuesta anticipada a los estímulos condicionados “las señales” que logran, reiteramos, anticipar el suministro de la recompensa. Este proceso implica los mismos mecanismos moleculares que fortalecen las conexiones sinápticas durante la formación del aprendizaje y la memoria. De esta manera, los estímulos ambientales o datos sensoriales externos que están vinculados en varias ocasiones con el uso de drogas “las señales” – el lugar o lugares donde se ha consumido la droga (lo que observamos, olemos, oímos), personas con las que se ha consumido; y estímulos internos como el estado mental antes del consumo – pueden llegar a provocar una respuesta condicionada con oleadas rápidas de liberación de dopamina que desencadenan ansia por la droga que motivan conductas de búsqueda de la droga. Finalmente, relacionamos un valor placentero con la experiencia, de manera que en el futuro podemos decidir el esfuerzo y el riesgo que estamos dispuestos a asumir para volver a obtener el placer.

Como es evidente, en este proceso, la dopamina desempeña un papel esencial. Se libera en las estructuras anteriores del sistema límbico y lo que hace es anticiparnos que se va a producir el placer. Es como si nos alertara y nos preparara para ello. La liberación de esta sustancia pone en marcha una serie de cambios en el cerebro, así como la cascada química de neurotransmisores, opiáceos endógenos (endorfinas, encefalinas y dinorfinas), que finalmente nos generan la sensación placentera.

“Las tres situaciones naturales que nos activan el botón del placer son el sexo, la comida y las relaciones sociales”

Según Rafael Maldonado, “Las tres situaciones naturales que nos activan el botón del placer son el sexo, la comida y las relaciones sociales”. Este circuito de recompensa, basado en buena medida en la dopamina y refinado a lo largo de miles de años de evolución, puede también activarse con acciones como el deporte o la meditación, y evidentemente también con sustancias psicoactivas.

Otra variable a tomar en cuenta es la atracción sexual, que en las relaciones humanas es muy poderosa, tanto que es capaz de hacernos perder la cabeza. Para Helen Fisher, la atracción, precursora mamífera del amor romántico, evolucionó para permitir que los individuos busquen a la pareja predilecta o preferida sin gastar energía y tiempo en el cortejo. Lo mismo ocurrió con el gusto por el sexo. Venimos de fábrica con un poderoso apetito sexual que nos impulsa a buscar pareja. A diferencia del resto de los mamíferos, no sólo mantenemos relaciones sexuales cuando estamos en celo, durante los periodos fértiles.

Cuando se está enamorado, igual que cuando se es adicto, como es predecible, se activa el circuito del placer, segregando grandes cantidades de dopamina y también norepinefrina, que está muy relacionada con el insomnio, la pérdida de apetito, temblores, taquicardia, ansiedad y miedo, algunas de las respuestas físicas típicas de esta etapa. Y serotonina, otra sustancia involucrada en la neurobiología del amor romántico. En la fase erótico-sexual, la testosterona y los estrógenos incitan la libido. Es el momento de la intensa atracción sexual. A esta fase inicial, le sigue la de fijar la preferencia de pareja; es entonces cuando se inician el amor romántico y la pasión.

Este cóctel de elementos químicos puede impedirnos pensar o trabajar adecuadamente y, en algunos casos extremos, ocasionar episodios de comportamiento obsesivo compulsivo

Este cóctel de elementos químicos puede impedirnos pensar o trabajar adecuadamente y, en algunos casos extremos, ocasionar episodios de comportamiento obsesivo compulsivo. Las personas enamoradas no piensan más que en el objeto de su amor, pierden el apetito y duermen menos. Es más, se ha visto que en esta fase se desactiva la corteza prefrontal, uno de los centros del cerebro encargados de discernir; también se desactivan las zonas implicadas en la cognición y el juicio social. Por consiguiente, cuando alguien que nos atrae o la persona a quien queremos nos toca, nuestro sistema límbico recibe una estimulación sensorial a la que asocia un valor positivo y una sensación placentera. Durante el orgasmo, se desactiva el cerebelo, encargado de la coordinación muscular, y es lógico, porque durante el clímax, nuestros movimientos corporales resultan incontrolables. El placer intenso y breve da paso a una sensación persistente de bienestar, que los expertos consideran básica. Y de ello es responsable la oxitocina, una hormona que también se halla detrás de los vínculos sociales.

Las personas enamoradas anhelan su droga, “el ser amado”; distorsionan la realidad, se tornan arriesgadas, hacen cosas peligrosas y, en ocasiones, inapropiadas, y piensan de manera obsesiva sobre su ser amado, el centro de su mundo

Los enamorados y los adictos quieren más. En el caso del amor romántico, no puedes esperar a ver a esa persona otra vez, te sientes mal si no te llama (una sensación parecida a la ansiedad de separación), el placer y la felicidad puede ser absoluta cuando logras tener a esa persona a tu lado. Las personas enamoradas anhelan su droga, “el ser amado”; distorsionan la realidad, se tornan arriesgadas, hacen cosas peligrosas y, en ocasiones, inapropiadas, y piensan de manera obsesiva sobre su ser amado, el centro de su mundo.

 

Y ¿qué pasa con el desamor? cuando se es rechazado, traicionado o abandonado, desprenderse de semejante vínculo afectivo es casi una tarea titánica, el sufrimiento psicológico experimentado suele ser corazonycerebrodevastador para el cerebro. Este proceso es inequívocamente muy similar al síndrome de abstinencia que padecen los adictos, una suerte de caos neuroquímico del que no es fácil desprenderse. Además, se corre el riesgo de sufrir recaídas. Y es en este punto, en el que todos los lugares donde estuvieron juntos con el ser amado, los aromas, los sonidos, las imágenes, las personas, “cualquiera de las señales” gatillan una respuesta condicionada con intensas y rápidas oleadas de liberación de dopamina que desencadenan ansia por tener al ser amado cerca otra vez, lo cual motivan conductas de búsqueda de nuestra “droga”, entonces sentimos la necesidad de contactar, y hasta de suplicar su atención, y en el peor de los casos estaríamos hablando de una manifestación de un perfil caracterizado por la dependencia afectiva, donde el síndrome de la abstinencia emocional pone a dicha persona en un estado de vulnerabilidad absoluta y sufrimiento extremo.

cuando se es rechazado, traicionado o abandonado, desprenderse de semejante vínculo afectivo es casi una tarea titánica, el sufrimiento psicológico experimentado suele ser devastador para el cerebro

Por otro lado, cuando se trata de una relación teñida por la violencia, a menudo la persona (especialmente la victima dentro de la relación violenta) no puede entender por qué insiste en continuar con la relación cuando ya no le parece sana ni agradable. Esto se debe, en gran parte, al deseo de escapar de la ansiedad y angustia que siente cuando está en ausencia de “su droga” (el ser amado). Sin embargo, aunque los efectos de corta acción del aumento de los niveles de dopamina provocada por la presencia del “ser amado”, alivian temporalmente esta ansiedad y angustia, el resultado de la exposición o exposiciones prolongadas es la profundización de la disforia durante la retirada, lo que produce un círculo vicioso en la relación.

el sufrimiento persistente es común en personas con una baja autoestima

Es importante mencionar que la condición psicológica marcada por el sufrimiento persistente es común en personas con una baja autoestima y que se caracterizan por una alta dependencia emocional sobre la pareja, son incapaces de cumplir el “contacto cero”, siempre encontrarán una excusa para buscar, contactar, llamar; a su vez, los dependientes emocionales generalmente son incapaces de tolerar el dolor emocional, y su reacción común es buscar más oportunidades para conseguir su objeto de adicción.

Corazon e mente heridaPor otro lado, los elementos genéticos son decisivos para entender las distintas susceptibilidades individuales a las adicciones en general, estas pueden afectar a las familias, pero también es cierto que una persona, aunque tenga la vulnerabilidad genética, no necesariamente se convertirá en adicto. Finalmente dependerá también de factores medioambientales.

“Es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado”

Para Alfred Tennyson, “Es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado”. Con el ánimo de ayudar a transitar en las inflexiones de la complejidad del amor y el desamor, coincido con Tennyson, está bien lanzarse al vacío de las incertidumbres del amor, esto nos da la posibilidad de descubrirnos, de saber cuan adictos, dependientes y/o ignorantes emocionales somos y cuanto hemos permitido el desarrollo de nuestra corteza prefrontal, además de otros recursos – tomando en cuenta que somos seres integrales- para equilibrar las caídas y salir fortalecidos de las mismas.

 

 

 


 
De Marucela Juana Uscamayta Ayvar

MSc. Marucela Juana Uscamayta Ayvar, Neuropsicóloga, Investigadora científica del Departamento de Neurología y Psiquiatría de la Escuela de Medicina de la Universidad de Texas Rio Grande Valley.

Nací en Cusco, Perú, estudié el pregrado en la Universidad Andina del Cusco y tuve el privilegio de estudiar la Maestría en la Universidad del Sur de Florida y en la Universidad de Harvard, en los Estados Unidos de Norteamérica, así como en la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

Amo y respeto la naturaleza, amo a los perros y me llevo mejor con los gatos, practico el arte de la pintura, la música y el teatro y me fascina estudiar los misterios del funcionamiento del cerebro y la mente humana. Una de mis pasiones más grandes es el chocolate, que me recuerda a mi idioma materno, el Quechua, intenso, profundo y delicioso.

 

 

 

 

 

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